
De fondo se escuchaba a los niños de San Ildefonso cantar los números de la lotería de Navidad.
Yo estaba sentado con una hoja en blanco delante en una cafetería cercana a mi trabajo. El tercer café solo todavía estaba intacto en la mesa.
Dejé un momento el bolígrafo y me puse a pensar si la alegría que iban a sentir en unos momentos un puñado de personas podía compensar el dolor que me invadía desde hacía unos días. Ese supuesto desequilibrio no sería capaz de alterar la marcha del mundo, pero a mí en este momento lo único que me importaba era mi mundo. Y estaba vacío.
Dejé un momento el bolígrafo y me puse a pensar si la alegría que iban a sentir en unos momentos un puñado de personas podía compensar el dolor que me invadía desde hacía unos días. Ese supuesto desequilibrio no sería capaz de alterar la marcha del mundo, pero a mí en este momento lo único que me importaba era mi mundo. Y estaba vacío.
Una vez más, la vida puso ante mí una de sus casualidades. Justo en el momento que cruzaste la puerta de la cafetería y me miraste a los ojos, cantaron el gordo.
3 comentarios:
Y la felicidad de este "premio" sería infinitamente mayor que la de aquellos que tenían el número premiado.
¿¿¡¡Qué sería de esta vida sin las casualidades para unos y el destino para otros!!??
pelos como escarpias
wow
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