
Cada tres meses cogíamos un avión y nos encontrábamos en Bruselas.
Nos disfrutábamos dos días, como si fueran los últimos, hasta que el vuelo de vuelta nos hacía regresar a nuestras rutinas.
Un día me planteé si era buena idea seguir con esta historia y tú, tan seguro de ti mismo como no te había visto antes, me dijiste que te conformabas con poder verme durante una hora en cualquier aeropuerto del mundo.
No volví a tener dudas nunca más.
Ya tenemos planeados los encuentros de los próximos dos años.


