Tu manía de asignar colores a las ciudades que visitabas te hizo preguntarme una y otra vez cuál era el color que le pondría a Berlín.
Te enfadaste al escuchar mi contestación, diciéndome que había ido a lo más obvio al responder que blanco, ya que nevó todos los días que estuvimos allí.
- El blanco no tiene nada que ver con la nieve -contesté-.
Y nos quedamos en silencio.