miércoles, 21 de marzo de 2007

Nada en la nevera


Huiste de tu pueblo natal dejando detrás de ti a tu verdadero yo; te asustaba pensar que el mundo adulto sería igual al que te había rodeado hasta entonces... y por eso te reinventaste. Dejaste a un lado aspectos fundamentales de ti, potenciando otros que te parecían más atractivos y que admirabas.
Tu vida social, indudablemente, pasó a ser mucho más intensa. Empezaste a sentir cosas que hasta ese momento sólo imaginabas y te convertiste en adicto a esas risas, a esos halagos, a esas manos y a esas voces cercanas que empezaron a formar parte de tu día a día, olvidando lo que realmente importa y sin plantearte qué queda después de esas risas, de esos halagos, de esas manos y de esas voces cercanas... cercanas a un personaje que sólo existe cuando tú quieres, pero que se esfuma cuando llegas a casa y encuentras la nevera vacía. Y huyes de nuevo, alejándote de un espacio que tú mismo has creado pero que te da miedo hacer del todo tuyo... es entonces cuando aquel niño que dejaste olvidado años atrás vuelve a tocar tu puerta para recordarte que sigue ahí esperando que vayas a rescatarle.

1 comentario:

Salva dijo...

Entonces, dudas por un momento si abrir o no. Te quedas mirando por la mirilla de la puerta un buen rato. La primera reacción es intentarte desvincular emocionalmente de ese pequeñajo desconocido. Pero, siendo sinceros, ¿quién puede matar a un niño? Es más, ¿quién puede matar a un niño, si ese niño fuiste tú mismo? Así que, al final, con lágrimas en los ojos y con el corazón en un puño, abres la puerta y te abrazas al niño que fuiste. Le das besos y abrazos. Le pides disculpas por dejártelo olvidado en una ciudad lejana. Pero él, que no es nada reencoroso, te disculpa sin problema alguno. En realidad, el pobre chaval de la puerta también se siente culpable (por tu huida) y a punto está de pedirte disculpas él también. Pero vuelves a reconocerte en tus propios ojos, incluso el chaval se siente orgulloso de cómo había evolucionado. Te veía maduro y seguro. Al fin y al cabo, le parecía valiente lo que habías hecho. Así que, después del reencuentro, le dejas pasar, le preparas la cena (o llamas al Telepizza si la nevera está demasiado vacía), os ponéis al día de vuestras existencias, y debatís tranquilamente, si hacer o no hacer las maletas de vuelta.

Saludos, pequeño.